La Cenicicenta

LA CENICIENTA 
 

Nurieta González Sebastiá

Dibujos: Ramón Gutiérrez Arroba


He aquí un cuento que va a estar presente en todos los trabajos en taller intensivo sobre cuentos. Y del que tenemos, por tanto, muchas versiones, variadas identificaciones. 

Un hombre rico tenía una mujer que estaba enferma y que murió encomendando a su hija que fuera buena y piadosa. El padre se casó de nuevo con otra mujer que trajo consigo dos hijas muy guapas, de rostros maravillosos pero con corazones feos y llenos de maldad. Fue el comienzo de la desdicha de la protagonista. Ésta tuvo que empezar a trabajar duro en la casa, acarrear agua, cocinar, lavar, aguantar las burlas de sus hermanastras... Como dormía al lado del fuego estaba cubierta de ceniza y por eso le llamaban “La Cenicienta”. Cenicienta lloraba y lloraba sobre la tumba de su madre añorando el cariño y el afecto que había recibido en un tiempo anterior. 

No tenemos más remedio que interrumpir el relato para señalar que ese modo de sentirse en el mundo, maltratado, injustamente valorado, añorando un pasado en que todo el afecto estaba disponible va a conmover profundamente a muchos niños y a los adultos con los que trabajamos el cuento. Cuando un adulto relata este cuento, la emoción le transporta inmediatamente a ese mundo primario infantil en el que sentía, “he perdido el afecto”, “me tratan peor que a mis hermanos o hermanas”, “mi padre es bueno pero mi madre no me quiere...” 

Ya tenemos una identificación muy posible de todo el que ha elegido Cenicienta como su cuento favorito. Y tenemos ejemplos de que no es una identificación sólo para niñas, el niño que lee Cenicienta no se identifica con el príncipe, lo hace con Cenicienta o se desinteresa del cuento. Los trabajos que hemos realizado han mostrado todo ese sufrimiento que sale de nuevo a la superficie: “me querían menos que a mis hermanos o hermanas. Me trataban peor”. Y todos los celos, los deseos y fantasías de que esa situación se diera la vuelta, además de la rabia aparejada, de la envidia. Una alumna dramatiza escenas de la Cenicienta, eligiendo para ello a dos compañeras como hermanastras. Éstas le dicen que tiene que limpiar, que les planche sus vestidos. Y, a pesar de estar hablando desde un personaje imaginario como es la Cenicienta, nuestra alumna se bloquea, no sabe contestar, dice que se siente sometida y que es un sentimiento muy antiguo. Dice otra participante: “érase una vez yo, que fantaseo a menudo con ser feliz”. Se trata de una persona que se refugia en la fantasía frente a las dificultades. Alguien que tiene como guion de vida la pasividad y la espera de que de forma mágica aparezcan las soluciones. Al trabajar este cuento es más consciente, dolorosamente consciente de su pasividad. Otra, por el contrario, habla de un aspecto de la Cenicienta: la esperanza. Ella siempre esperó que su situación cambiara y lo consiguió. Una persona capaz de vivir situaciones difíciles e injustas, resistente, perseverante en conseguir sus fines. Alguien que dice haber encontrado, además, a su “príncipe”. Porque este aspecto se nos suele olvidar respecto a las protagonistas de los cuentos. Muchas veces los cuentos transmiten esperanza y sus personajes son fuertes y pacientes ante la adversidad. 

Seguimos con el cuento: Sucedió entonces que el rey organizó una fiesta de tres días para que su hijo pudiese escoger esposa. Y al gran baile estaban invitadas todas las doncellas del reino. Las dos hermanastras se volvieron locas de alegría y dieron instrucciones a Cenicienta para que limpiara sus zapatos y preparara sus atuendos para el gran día, dando por supuesto que a esa fiesta podían acudir ellas y de ninguna manera nuestra pobre Cenicienta. Cenicienta rogó y rogó a la madrastra que le dejase ir a la fiesta y ésta le propuso como condición que realizase tareas imposibles que ella llevó a cabo ayudada por los animalitos del bosque. Argumento éste muy utilizado en los cuentos de hadas y que consiste en que labores aparentemente imposibles son realizadas por el protagonista que se ha ganado el afecto de los pequeños animalitos, de los seres sin importancia, de los pajaritos, de figuras que resultan familiares y cercanas a los niños… El héroe tiene sus amigos entre los pequeños y humildes y eso es un mensaje con un contenido afectivo para el niño: Con frecuencia se pueden encontrar los grandes afectos y las compañías seguras en los “pequeños”, en los que no tienen una gran apariencia de poder. Aun así, a pesar de realizar todas las tareas encomendadas, la madrastra no deja a Cenicienta acudir al baile, le asegura que todo el mundo se reiría de ella, que no tiene vestidos. A partir de ahí, los participantes cuentan distintas versiones. En unas, un hada hace aparecer una hermosa carroza, viste a Cenicienta con lujosos vestidos y zapatos y le hace prometer que estará en la fiesta sólo hasta las doce de la noche porque inmediatamente después todo el encantamiento desaparecerá. En otras, Cenicienta consigue sus vestidos y zapatos pidiéndoselo a un pajarillo que está en un avellano que ella misma ha plantado en la tumba de su madre y que ha regado con sus lágrimas. En todo caso, va a la fiesta, maravilla a todos con su belleza y la belleza de sus imponentes vestidos y joyas y a medianoche desaparece corriendo y vuelve a tumbarse al lado de la chimenea llena de ceniza. Su aparición en la fiesta deslumbra al príncipe que sólo quiere bailar y bailar con ella. El príncipe se enamora de Cenicienta. En su huida precipitada de medianoche, la protagonista pierde un zapato. Y el príncipe recorre su reino, casa por casa, probando el zapato para poder reconocer a su acompañante en la fiesta. Todos conocemos el final: el príncipe encuentra a Cenicienta y se casa con ella. 

Podemos imaginar la esperanza que infunde en el niño o la niña que lee este cuento y se siente desgraciado, más feo y peor tratado que otros. Imaginarse como el protagonista de una fiesta en un palacio...cuántos guiones psicológicos pueden nacer de esta identificación. Y estos guiones pueden estar basados en la esperanza y llevar a la persona a seguir luchando y no desfallecer o, por el contrario, sumirla en una pasividad en la que continuamente fantasea con una vida mejor. “Si me tocara la lotería...”, “si tuviera una pareja…”, como el equivalente del hada del cuento.

Aunque la versión casi siempre trabajada es la del hada y la carroza, es muy emotiva la versión del regalo del arbolito regado con las lágrimas de Cenicienta. Su sufrimiento no ha sido en vano y, precisamente de sus lágrimas y del recuerdo y lealtad a su madre, va a renacer.  

Esta parte del cuento nos va a enseñar muchos modos de vivir de esa Cenicienta que se encuentran dentro de la participante que puede estar muy alejada en su vida de esos sentimientos, ocultos bajo capas y capas de negación, de roles nuevos, de esfuerzo. Así, algunas y algunos Cenicientos, cuando trabajan el cuento, disfrutan muchísimo de sus galas y de su éxito cuando acuden a la fiesta, seducen y/o se dejan seducir...otros tienen grandes dificultades para aceptar vivir y disfrutar de esta parte del relato. Quedaron atrapados en el sufrimiento y en la vivencia de la injusticia. A menudo aparece la convicción de que debajo de los preciosos vestidos, debajo de la propia apariencia hay algo feo y vergonzoso que ocultar. Y ésta es una temática también habitual del cuento. 

Nos hemos encontrado, en ocasiones, con que la persona tiene la sensación de que todo se va a desvanecer y de que no se merecen las cosas buenas. Algo que tiene su correspondencia con el hecho de que a las doce de la noche todo lo concedido por el hada desaparece. Y es lo que les sucede a esas personas que, como decíamos antes, viven en el mundo de la fantasía. Al no tener conciencia de conseguir las cosas con esfuerzo propio sino por hechos fortuitos (por encantamientos de hadas), tienen también la profunda convicción de que todo lo conseguido puede desaparecer. La vida de la fantasía puede producir satisfacciones que no se encuentran en la vida real pero en un continuo sentimiento melancólico porque no hay conciencia del trabajo por conseguirlas (aún en el caso de que sí haya ese trabajo). Así, estas personas pueden haber trabajado intensamente, haber estudiado para ejercer una profesión, haber superado obstáculos pero, como sienten que lo que tienen se debe al azar, están continuamente adelantándose a su pérdida. Igualmente pueden sentir que debajo de sus ropas maravillosas están los andrajos de Cenicienta. Que lo que no se ve de ellos pero los demás pueden adivinar es vergonzante. 

Veamos: tenemos los celos, la envidia, el sufrimiento por ser injustamente tratados, la esperanza de que eso cambie, la vivencia de disfrute cuando cambia la situación o la vivencia de que debajo de lo que se presenta al mundo hay algo realmente vergonzoso... ¿alguien da más? ¿Se puede con un trabajo explorar en un intenso encuentro con un personaje, dentro de un grupo terapéutico, sentimientos más profundos? Por eso, sucede con frecuencia que el participante volverá durante años a aquel momento cuando se dio el instante mágico de encarnar a ese héroe de la infancia. El trabajo realizado en el taller va a ser revisitado en reflexiones posteriores dentro o fuera de un proceso terapéutico. Por ejemplo, alguien puede referirse a “mis andrajos de Cenicienta” cada vez que explora situaciones, sentimientos de los que se avergüenza.

Este cuento tiene también mensajes de valores que algunas participantes recogen. Así: “si soy buena seré recompensada”. O: “Hay que cuidarse de las mujeres que son envidiosas”. O también: “Si aguanto esta situación pasivamente algún día esto dará la vuelta”, lo que da lugar a fantasías de venganza. En un grupo de trabajo el cuento fue trabajado por tres participantes diferentes. En una de ellas los mensajes eran los expuestos más arriba. En otro trabajo (con un hombre) esta historia era el reflejo de una infancia de abandono y pérdida. Y en un tercer caso la Cenicienta era totalmente distinta a la del cuento. Cuando aparecía el Príncipe para probar el zapatito a las hermanastras, esta participante las apartaba a empujones y decía que el zapato y el príncipe eran de ella. Guion del cuento totalmente apartado del original y del habitualmente trabajado y que reflejaba la resiliencia de esa mujer. Alguien que, desde una infancia extremadamente dura, había construido un presente con un “príncipe”, su pareja, y se había hecho un hueco profesional y personal en la vida. Su guion de vida resultaba ser el guion de su cuento de Cenicienta.

 Este concepto de guion de vida como trasposición del guion del cuento se encuentra en no pocos alumnos. Cuando lo descubren es importantísimo. En el caso de nuestra Cenicienta resiliente (concepto de resiliencia como de permanecer firme ante la adversidad. Está tomado de la física y hace referencia al material que no se deja deformar por la presión exterior), su guion de vida le llevaba a pelear y pelear frente a adversarios externos que podrían impedir que lleve a cabo sus metas y sueños. En esa pelea puede llegar a imaginar hermanastras u otros personajes porque su fuerza (su resiliencia) nació en la pelea por sobrevivir a situaciones tremendamente traumáticas. Es decir, haber tenido esos enemigos reales o “hermanastras” que conspiraban contra el bienestar de la persona o haber sentido que eso era sí, puede llevar incluso a una defensa paranoide, a la sospecha continuada de las intenciones de los demás. 


El cuento, como vemos, puede tener muchos mensajes implícitos. No obliga a ninguna conducta, no propone un tipo de valores. Es una historia sumamente atractiva en la que cada uno puede ver reflejados sus conflictos. Y esto a una edad en que eso no es pensado ni elaborado. El niño o la niña saben que les gusta esa historia en concreto y pide que se la lean una y otra vez, siempre la misma. Hasta que, pasado un tiempo, deja de interesarle. El problema interno, la situación vital cambia y ya no es necesario ese cuento. 


En el final de La Cenicienta, como en muchos otros cuentos, las hermanastras, las malas del cuento, encuentran su castigo. Dos palomas les sacan los ojos. No siempre recuerdan los participantes este final. Sin embargo, al niño o a la niña le interesa mucho que el malo sea castigado y no sufre nada con su caída. Años después aparece un recubrimiento moral que no permite alegrarse del mal ajeno, ni siquiera de quien nos ha hecho daño y las versiones adultas con frecuencia “olvidan” este final. Cuando sabemos de acciones crueles en nuestro entorno o, a través de los medios de comunicación, en entornos más alejados, sentimos potentes deseos de venganza. Sin embargo, refrenamos estos deseos y proponemos que los responsables de esas crueldades sean juzgados con todas las garantías. Los niños no. Los niños necesitan que los malos sufran todo lo posible porque ellos no estaban en condiciones de controlar el dolor de sus heridas.

Hacíamos referencia con anterioridad al que vamos a llamar personaje “polar”, ese lobo, esa bruja...en el caso que nos ocupa bien puede ser la madrastra o las hermanastras. Sin embargo, lo que interesa es el personaje que representa todo un campo de experiencias por explorar del paciente. Así, a la Cenicienta de la que hablábamos, a la Cenicienta resiliente, le propusimos ser una princesa. La encarnación de la Cenicienta con sus mejores galas en el baile. Una princesa elegante y sofisticada en lo posible. No una Cenicienta que empuja a codazos a las hermanastras para conseguir a su príncipe y tampoco una madrastra cruel. Sabemos que ser la dulce y glamurosa princesa le costó mucho. Ese era el campo de experiencias por descubrir para ella. 

TRABAJO CON VELI, ALUMNA QUE CONTÓ LA CENICIENTA

“Soy una niña triste y me humillo haciendo lo que quieren mis hermanastras y madrastra. Había un baile en palacio y mis hermanastras iban a asistir. A mí me mandaron a la cocina, yo no podía ir a la fiesta y, además, no tenía vestidos bonitos. Pero vino un Hada Madrina y me vistió con ropas lujosas y zapatos de cristal. Me dio una carroza para ir hasta el palacio pero con el mandato de volver antes de las doce de la noche porque a esa hora desaparecería el encantamiento. Me lo pasé bien en el baile, bailé todo el tiempo con el príncipe y salí muy deprisa antes de las doce. Perdí un zapato en la huida. Yo no tengo derecho a vivir con un príncipe, mis hermanas no me dejarían, pero el príncipe decide salir a mi encuentro porque era la dueña del zapato y me encuentra.”
“Esto es algo central en mi vida, siempre espero que pase algo que me salve, pero no me comprometo nunca a dar pasos…”
Veli había comentado al grupo, justo antes de empezar el trabajo, en la “ronda” de inicio del taller que le costaba mostrarse. Es una alumna que participa poco y de la que destaca precisamente ese aspecto pasivo de su Cenicienta, esperar que alguien la salve.







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