EL LECTOR 

Nurieta González Sebastiá

Ángeles Martín González
angeles@escuelagestalt.es

Hemos dejado para el último momento en este trabajo sobre los cuentos infantiles, unas líneas referentes a la persona que lee cuentos a un niño. Pero se las queremos dedicar para mostrar una parte que no suele reconocerse: sentimientos que están prohibidos y que son canalizados a través de la lectura de los cuentos, pero en este caso en el lector de los mismos. En el adulto que lee, gesticula, cambia registros…para transmitir al niño el cuento. Naturalmente eso sucede no solamente a través de los cuentos, sino también en los juegos, canciones...etc. 

Tenemos la imagen cálida de la narración de cuentos. La mamá o el papá que, delante de la chimenea, al calor del hogar y protegidos del exterior fortalecen el vínculo con el niño mediante la lectura del cuento. O la idea comprobada de que, al acostar al niño, la rutina de la lectura del cuento induce al sueño, como momento de transición de la excitación diurna a la quietud de la noche, momento difícil para muchos niños. Estas funciones están claras en todos nosotros. Y, a través de este trabajo, hemos desarrollado la idea de que, además, los niños escogen determinados cuentos porque en ellos está contenida en forma simbólica la problemática que, en esos momentos, ellos atraviesan. Y esa manera de poner las palabras sencillas y comprensibles del cuento a las potentes emociones que sienten, es una estupenda manera de manejar esas emociones y de que no se conviertan en síntomas. Porque sabemos que lo que no se puede nombrar tiene que ser convertido en algo tangible, en un síntoma físico o psicológico.
 
Pero en este apartado queremos referirnos a algo más. Los sentimientos hostiles, destructivos del lector (normalmente la mamá o el papá) hacia el niño. Parecería que, en nuestro mundo edulcorado de la publicidad y los buenos sentimientos, en el “buenismo”, el lector que cuenta un cuento a su niño está teniendo obligatoriamente sentimientos afectuosos y tiernos. ¿De verdad pensamos que es así de sencillo? 

Tomemos a la mamá, por ejemplo. Sí, es probable que esa mamá tuviera deseos de tener un hijo. En el mejor de los casos fue un niño deseado que viene en el momento oportuno. Pero eso no significa que la mamá no se asuste de sus cambios corporales en el embarazo, que no sienta miedo al notar crecer dentro de sí a otro ser y que no sienta miedo y, a veces, terror frente al parto. Además, una vez esto se produce, la mamá queda de tal modo sujeta y esclavizada al bebé, que toda su vida queda en suspenso. Es muy probable que deje de asistir a las actividades a las que era asidua y cuando alguna vez, ayudada por alguien, acude a alguna actividad fuera del hogar lo hace una gran carga de culpa por dejar abandonado a su pequeño dictador.  

Podemos imaginar que la gran mayoría de las madres tiene sentimientos tiernos, amorosos hacia su bebé. Y, además y de forma legítima, esas madres tienen también sentimientos hostiles. Momentos en que piensan por qué se habrán metido en ese tremendo lío, con la vida libre y sin preocupaciones que poseían antes de la maternidad. Y son sentimientos legítimos, decimos. Es más, son sentimientos sanos que, en la medida en que son tolerados y reconocidos, no crean patología o síntomas ni en el niño ni en la mamá.  

Una manera en la que todo lo anterior puede canalizarse es mediante el cuento tradicional. El cuento está escrito y la lectora sabe que ha sido leído a generaciones de niños. Su conciencia está tranquila al contar la historia de ese niño al que los padres deciden abandonar en el bosque porque no tienen medios para darle de comer...y, de ese modo y de forma inconsciente, dan salida a los sentimientos hostiles hacia el niño. 

Vemos, pues, la utilidad de los cuentos que en algunos momentos llegamos a pensar que eran crueles. Son útiles para los niños porque legitiman y dan cuenta de sentimientos profundos que son difícilmente tolerados por ellos. Y son útiles para los y las lectoras por exactamente las mismas razones. Y los cuentos tienen algo fantástico: después de explayarse en sentimientos de abandonar o ser abandonado, de traicionar o ser traicionado, de tener celos...etc. ¡terminan bien! Los cuentos tienen un final feliz que dejan a lectores y oyentes tranquilos.  

“Y fueron felices y comieron perdices” 


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