LA RATITA PRESUMIDA 

Nurieta González Sebastiá

Ángeles Martín González

Dibujos: Ramón Gutiérrez Arroba
Dibujo de “silla vacía”

En un lugar remoto había una casita que era la más limpia en muchas millas alrededor. Y en esa casita vivía una ratita que era muy presumida. 

Al igual que el tiempo verbal de los cuentos, “había una vez” remite a un tiempo concreto pero lo suficientemente lejano como para que el niño se sienta a salvo de lo que ocurre en la historia, el lugar espacial tiene las mismas características de ser, al tiempo, concreto y lejano. Así empiezan los cuentos como “en un lugar remoto...” 

Un día, mientras la ratita barría la puerta de su casa, vio algo en el suelo, se acercó y vio que era una moneda. En seguida fue a comprarse un bonito lazo para el pelo y volvió a su casita. Salía a la puerta y barría cantando: “tra lará, larita, barro mi casita”. Ya tenemos la escena: Una ratita presumida, esperando ser vista, gastando sus ahorros o la moneda que se encuentra en adornos para estar guapa. 

Con frecuencia la participante que ha elegido este cuento se siente un poco avergonzada de hacerlo. Es muy explícito. Elegir este cuento supone que todos van a reparar en la importancia que la participante da o ha dado a su aspecto físico. Y con frecuencia también la participante se esfuerza en la vida en actividades laborales o sociales que contradicen la importancia excesiva del cuidado físico. Al igual que aquella alumna de la Bella Durmiente que militaba activamente en el feminismo, reconocerse en este cuento, reconocerse como ratita no es inicialmente agradable. 

Sin embargo, una vez que se lleva a cabo la identificación y se juega con ella se recupera mucha energía y vitalidad. Toda la energía y vitalidad que están negadas bajo la autocrítica. No negamos que esa lucha por separarse de un aspecto propio no haya sido beneficiosa, al contrario, puede haber servido para desarrollar estudios, carrera profesional…etc. La actividad desplegada puede haber tenido una utilidad social. Pero persistir en no reconocerse en quién uno es (y eso incluye la atención a la belleza) puede resultar muy pesado.  

Seguimos con el cuento: Mientras la ratita barre y canta, van pasando distintos animales que le halagan y le dicen lo guapa que está, terminando siempre con la pregunta: “¿te quieres casar conmigo?” Y ella devuelve otra pregunta, la misma en todas las ocasiones: “¿y qué harás por las noches?” A esto el burro contesta rebuznando, el perro ladrando...etc. hasta un ratoncito que pasa por allí y al que la ratita no da ninguna importancia. El animal que a la ratita le gusta más es... ¡el gato! porque le ofrece dulces maullidos como sonido nocturno. Estamos ante un tipo de elección peligrosa que va a sonar muy conocida a muchos en el grupo (y entre los lectores, suponemos).  

Se prepara la boda y la ratita ve asustada que en la cesta de la comida hay sólo un cubierto y una servilleta y pregunta al gato: “¿Dónde está la comida?” Y el gato contesta: “¡la comida eres tú!” Naturalmente es el pequeño ratoncito al que había ignorado la ratita el que la defiende y la salva y quien repite la pregunta “¿te quieres casar conmigo?”. Ahora la ratita sí le hace caso y le pregunta, a su vez, “¿y qué harás por las noches?”. Dormir y callar, dormir y callar, responde el ratoncito. “¡Entonces contigo me quiero casar!” 

Todas las lecturas caben en este cuento que también, igual que los tres cerditos, tiene algo de fábula. Hemos encontrado sobre todo “ratitas” que estuvieron muy preocupadas por su aspecto, maravilladas al mirarse al espejo, presumidas como la ratita. Lo que sucede después puede ser vivido como: “ah! Eso he hecho toda la vida: equivocarme al elegir pareja”. O: “lo que yo no quería era sexo, me encanta lo que dice el ratoncito: dormir y callar”. O: “es verdad, yo no me fijo en los más cercanos, en los que más pueden tener que ver conmigo y así me va”. 

En el trabajo posterior sobre el personaje polar, se puede escoger el gato pero casi siempre hemos puesto a la propia ratita. Hemos hablado en ocasiones anteriores de razones que nos llevan a escoger como personaje polar al propio héroe del cuento. 

Y también hemos hecho lo mismo cuando la persona tiene dificultad para reconocer públicamente un aspecto en el que pueda haberse identificado. Es el caso de la Bella Durmiente de la que hablábamos o de la ratita presumida. Una mujer actual, profesional, incorporada en igualdad de condiciones a la vida que un hombre, puede tener mucha dificultad en reconocer que una parte de ella sigue siendo la “ratita”. En el caso de la Bella Durmiente, veíamos a una participante que quería defender su feminismo y se avergonzaba de su cuento preferido.  Y en el caso de la Ratita Presumida es una alumna que piensa que ocuparse de su aspecto no debería ser tan importante. 

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