Trabajos psicoterapéutico con los cuentos infantiles. Los cuentos como guión de vida.




LOS CUENTOS COMO GUIÓN DE VIDA
Cuentos para terapeutas

Nurieta González Sebastiá 

Dibujos: Ramón Gutiérrez Arroba

Vamos a sumergirnos en un trabajo terapéutico que realizamos con pacientes y/o alumnos de Gestalt y que se basa en los cuentos infantiles, muchas veces en los cuentos de hadas. Aquellas primeras historias que nos contaron de niños y que son el soporte condensado de recuerdos, vivencias infantiles, sabores, olores...

Este trabajo con los cuentos se encuadra dentro de la Formación en Terapia Gestalt y tiene una duración de fin de semana. Es decir, es un formato intensivo. Los alumnos o pacientes que lo realizan ya llevan tiempo formándose juntos y se conocen. No es sólo un conocimiento nominal (a veces, falta ese tipo de conocimiento y pueden no saber o no recordar datos de filiación, trabajo…etc. de cada uno), es un conocimiento más profundo. Han participado en dinámicas de grupo, se han confrontado unos con otros, se han apoyado mutuamente en su proceso de autoconocimiento así como en las circunstancias vitales que lo requieran siempre que las den a conocer al grupo.

Por esa razón este tipo de trabajo es más fluido, más fácil que un trabajo individual. Cada alumno trabaja su cuento pero hay una caja de resonancia que hace que se profundice, se amplíe, se exteriorice y se dé a conocer algo que no se sabía previamente. Es decir, se promueve un insihgt, o un “darse cuenta” como nos gusta llamarlo en Gestalt. Y este darse cuenta puede contagiarse o extenderse a otro participante que en ese momento resuena con lo que se está produciendo en la sala. Y esto es así, no sólo porque sucede en el trabajo terapéutico en grupos, sino por el hilo conductor de este taller, los cuentos infantiles, esa “llave de oro que un hada buena nos dejó en la cuna” en palabras de Jung.

Comencemos: 

Pulgarcito aterido en el bosque, abandonado, capaz de cualquier cosa con tal de volver a su casa, Caperucita engañada por el lobo, enviada por mamá al bosque de los peligros, Cenicienta injustamente tratada y desterrada en la cocina, son imágenes muy poderosas con las que un niño puede identificarse. Y también resuenan esas imágenes en el adulto, persisten en su memoria emocional tal y como fueron impresas en la infancia. Por eso hemos elegido los cuentos: para reflexionar y comunicar acerca de nuestro trabajo con ellos. Por su capacidad para llevarnos en un santiamén del aquí y ahora de nuestra vida, de nuestros trabajos, de nuestros roles presentes a aquel pasado que, incrustado en nuestro interior, permanece al acecho, intentando salir a la superficie para buscar caminos, consuelo, justificación. El pasado de nuestros conflictos, angustias y soledades que, en muchas, por no decir en casi todas las ocasiones, se iniciaron en la infancia. 

Se ha escrito en los últimos tiempos sobre los cuentos populares. Sobre la idoneidad o no de transmitirlos pues, al hacerlo, transmitimos valores, roles de género, modelos de conducta que son modelos muy poderosos. Nosotras en este trabajo dejamos algún lugar a la discusión de esas cuestiones pero no nos centramos en ellas. 

Lo realmente fascinante para un niño, acerca del héroe de un cuento, no es la lección que se desprende de su comportamiento, sino la necesidad de parecerse a él, la identificación con un personaje que no es grandioso ni todopoderoso, sino vulnerable y sometido a grandes contratiempos. Los niños necesitan modelos con los que identificarse. En los cuentos, esta identificación se realiza con personajes que encuentran soluciones a las grandes encrucijadas de la vida (el abandono de los padres, la necesidad de crecer y salir del hogar, que el niño vislumbra en el futuro, la sensación de injusticia respecto al trato concedido a un hermano) a través de su ingenio, de su valor, de su astucia, de la colaboración de la naturaleza, de los animales y de los pobres harapientos que, a veces, le ofrecen su ayuda.  

Pero la cuestión de los roles de género no es tema menor. Remitimos al lector a diversos artículos sobre este tema. Por ejemplo Elvira Lindo (2010) dice  que cualquier niño o niña que lea Cenicienta se va a identificar con la protagonista. El niño varón que pide una y otra vez que le lean la Cenicienta no se identifica con el apuesto Príncipe sino con la pobre heroína que resiste después de haber perdido a una madre y ser maltratada por una madrastra. Y parece que hay acuerdo en que surgen y seguirán surgiendo nuevos cuentos que transmitan los valores actuales pero no parece necesario hacer cirugías o recomponer los cuentos tradicionales. 

Sobre este tema se publicaron en el diario El País diferentes artículos en los que se nos recuerda la frase anteriormente citada de Jung sobre los cuentos de hadas como “una llave de oro que un hada buena nos puso en la cuna”, o se nos anima a revindicar el sentido común para buscar relatos nuevos que reflejen nuevos valores sin reinventar a los clásicos o, también, que es necesario que sepamos desde niños de la presencia del mal en el mundo sin descartarlo. Igualmente, que el sentido de estas narraciones es de carácter simbólico por lo que no pueden ser adaptados sin más a los nuevos valores porque correríamos el riesgo del más espantoso ridículo. (R. Torres, V. Fernández, A. Intxausti en 2010 y S. Puértolas y A. Rodríguez Almodóvar en 2011).   


Realmente en los cuentos se dio una larga elaboración a lo largo de los siglos que hizo que quedaran después plasmados como pequeñas obras de arte, relatos muy sofisticados detrás de su aparente sencillez que enseñan al niño caminos de superación de las ansiedades que le acechan. Caminos que pasan por explorar, aprender y ejercitarse casi siempre fuera del hogar y hacerlo valerosamente. 


Es probable, además, que los cuentos tuvieran esa utilidad primera, la de superar la ansiedad de separación, porque la infancia se acababa pronto y el niño tenía que madurar mucho antes que ahora, tenía que salir al mundo, trabajar, formar un hogar a una edad en la que hoy en día todavía está entrando en la adolescencia. 

Y muestran peligros y personajes odiosos en el mundo infantil como hadas malas, madrastras y ogros. ¡Qué gran tema las madrastras! Qué bueno para los niños y niñas poder desviar el odio hacia la mamá de la que dependen, hacia esa odiosa figura de la madrastra. Qué enorme utilidad la de ese personaje en que la mente del niño puede proyectar la maldad dejando intacta a la mamá. Y qué descanso para la mamá que lee el cuento al niño, esa mamá que dice que la madrastra es mala (y ella está a salvo al calor del hogar, en esa estampa de leer un cuento a su hijo). 

Avisar a los niños del peligro forma parte de la transmisión, del despliegue protector frente al mundo, acomodada a los esquemas infantiles. Los niños no prevén los peligros y, por lo tanto, los peligros pueden ser mortales. El niño cruzaría la calle sin mirar (o el bosque), el niño se tira a la piscina sin saber nadar, mete los dedos en el enchufe o se asoma por la ventana de un quinto piso sin valorar el peligro. Tampoco tiene conciencia, con toda su inocencia, de los peligros sociales, puede irse de la mano de quien le ofrece un caramelo aunque no lo conozca. De la misma manera, no tiene conciencia de sus potentes sentimientos de odio y de la diferencia entre estos y las acciones que derivan de ellos, por lo que no entiende que meter el dedo en el ojo del hermanito tenga efectos desastrosos. Por eso, en los cuentos equivocarse o no obedecer trae consecuencias fatales. 

Tampoco los niños tienen inicialmente la capacidad de aunar la imagen buena y la mala de la madre. Esa capacidad de integrar en la misma persona características buenas y malas es bastante tardía. Y la madrastra o la bruja representan a esa madre mala que abandona, que no atiende a su llanto, que dice no o dilata a más tarde la satisfacción de lo que el niño pide con absoluta indiferencia hacia las necesidades del exterior. El niño quiere la satisfacción inmediata. Si pudiera pensar en estos términos el niño nos diría: ¿cómo puedo tener una mamá tan mala? ¿no es esto un lugar absolutamente inseguro en el que no puedo encontrar satisfacción de lo que necesito? ¿no seré arrojado al exterior sin ninguna protección? Y cuando la mamá vuelve a atender al bebé o al niño pequeño ese mismo niño nos diría: qué buena es esta mamá que siempre tiene algo que ofrecerme para calmar mi hambre o mis ganas de jugar o de moverme. Mientras el niño no puede pensar que mamá es la unión de esas dos figuras: la mamá buena y la mala, puede proyectar a la mala, a la que no repara, y le falla, en un personaje inventado: la madrastra, la bruja... Del mismo modo, puede ver en el ogro los aspectos negativos y temidos del papá.


Así que las niñas y niños encuentran en los cuentos reflejos de su sufrimiento, de su dolor, de su soledad y su pequeñez. Y encuentran también formas de solucionar sus problemas. Los niños no se quedan paralizados cuando leen las barbaridades que hacen los malos (son realmente barbaridades, se los comen, los cocinan, los abandonan...) sino que encuentran que hay modos de salir de esos enredos. Los niños encuentran, a través de los personajes de los cuentos, posibilidades de cambiar ese presente abrumador con estrategias que van pensando y actuando. El tiempo no es fijo y congelado sino que es dinámico y se pueden transformar las situaciones. Además, al hacerlo, se realizan aprendizajes nuevos. Los cuentos acaban bien.


Encontramos en los cuentos arquetipos universales de identificación. Figuras a las que adherirse sin esfuerzo y que nos proporcionan a los terapeutas una formidable forma de trabajo que sólo podría ser igualada o superada por los sueños. Si los sueños son un camino directo al inconsciente, los cuentos, que pedimos repetidamente que nos contaran cuando éramos niños y que recordamos más o menos desfigurados, pueden ser un objeto de trabajo terapéutico especial, con un estatus “regio” en la terminología psicoanalítica referida a los sueños. 

Los cuentos que recordamos como nuestros favoritos contienen las notas, los colores y las creencias con las que fuimos configurando nuestra personalidad. Los valores y la forma de alcanzarlos que comenzamos entonces y aún seguimos intentando realizar. 

Hay excelentes libros sobre todo lo expuesto hasta aquí, Lo que pretendemos es ilustrar con ejemplos el trabajo terapéutico con los cuentos. Trabajo casi siempre realizado en grupo por las razones que exponíamos anteriormente. Pero no podemos dejar de nombrar aquí el trabajo de Bettelheim (2006) en el que hemos encontrado una gran cantidad de coincidencias con nuestro modo de pensar y hacer. 

Vamos a ir viendo ese proceso de trabajo. A través de ejemplos y viñetas grupales, iremos describiendo el trabajo con los cuentos.

Ángeles Martín comenzó a trabajar con los cuentos en los grupos de alumnos de la formación de terapeutas en Gestalt en el año 1980. Y comenzó a hacerlo de la misma manera en que se trabajan los sueños en esta escuela.

-En primer lugar, los participantes o alumnos (de las dos formas les nombraremos a lo largo de las siguientes páginas) escriben su cuento favorito de la infancia. Esta elección conviene que sea hecha rápidamente, sin pensar. Y ya en los primeros momentos hay una censura en muchos alumnos. Un rato después de haber elegido el cuento que más recuerdan de su infancia intentan elegir otro. O empiezan a dudar sobre si ése es el cuento que más les gustaba o si era otro... 

Incluso antes de saber qué trabajo vamos a proponer, algunas personas entienden que hablar del Patito Feo o de Cenicienta les produce cierta ansiedad. Están acostumbrados al tipo de trabajo experimental o experiencial de la Gestalt y ya intuyen qué conflictos o preocupaciones nucleares van a salir a la superficie. Por eso, hay muchas veces una inmediata censura. Es habitual que después de elegir el primer cuento digan que prefieren trabajar otra historia y también es habitual que sea una historia que oyeron o vieron en el cine cuando ya tenían más edad. No sería un problema trabajar con esa segunda historia porque en el trabajo de proyección en los personajes elegidos volverán a aparecer las ansiedades básicas pero ¿por qué complicarnos y dificultar el camino de su revelación?  

El trabajo con los cuentos a pesar de lo que vamos diciendo es, en general, un trabajo lúdico y con mucha frecuencia gozoso. El mismo disfrute que teníamos de niños con el cuento puede aparecer ahora cuando lo recuperamos terapéuticamente y así podemos profundizar en nuestra psique de una manera más rápida. Lo que nos produce placer siempre es más sencillo de hacer. 

Lo anterior no quiere decir que en todos los casos este trabajo con los cuentos de la infancia sea un trabajo fácil y agradable. Para muchos la infancia fue más difícil, la persona tuvo que lidiar con asuntos que sobrepasaban los recursos que tenía en esas edades y toda recuperación puede resultar penosa. La vida puede ser muy difícil como ya sabemos y más en la infancia cuando nuestros recursos y aprendizajes no son suficientes para afrontar una situación complicada. 

En general, como decíamos, recomendamos la primera elección, el primer cuento que se nos ocurre. Así, antes de introducir el tema del taller de Cuentos, podemos hacer una primera ronda preguntando a los alumnos: ¿Cuál era vuestro cuento favorito en la infancia? ¿Había algún cuento que queríais que os contaran o que queríais leer repetidamente?  

-          En segundo lugar, una vez elegido el cuento los alumnos lo escriben tal y como lo recuerdan. Conviene darse tiempo para cada uno de los pasos. Ya en ese rato dedicado al recuerdo empiezan a aparecer emociones relativas al pasado infantil… Y después, uno a uno, van leyendo su cuento. Una vez leído el cuento, se le pide al alumno que lo vuelva a leer en primera persona y en presente. Por ejemplo: Soy Hansel y tengo una hermanita... 

Un posible cronograma de un taller de cuentos (decimos posible porque en el trabajo con grupos el ritmo depende de lo que sucede en ese momento en la vida del grupo, el emergente grupal, si hay algún alumno que necesita comentar algo antes de comenzar...) sería así: 

1-En primer lugar se elige el cuento preferido de la infancia. 

2-Se escribe ese cuento tal y como se recuerda. 
3-Después se lee en alto al grupo. 
4-Se vuelve a leer el cuento en primera persona y en presente. 
5-Se trabaja de distintas maneras y, a lo largo de este libro, ejemplificaremos distintos modos de trabajo que van desde la simple lectura a una dramatización en la que pueden estar presentes muchos de los miembros del grupo representando distintos personajes. 
6-Se elige un personaje opuesto o polar al personaje elegido en el cuento. 
7-Se escenifica con ayuda de alguna caracterización ese personaje polar (lo llamamos así porque representa el extremo opuesto en una polaridad en la que la referencia es el protagonista del cuento. Frente a la inocencia de Blancanieves toda la maldad y deseos de suplantar, de pasar por encima de quién sea, están presentes en la madrastra. Entonces hablaremos de la madrastra como el personaje polar). 

Iremos describiendo cada uno de estos pasos según vayamos desgranando los distintos trabajos con los cuentos que hemos incluido. Volvemos a insistir en que este trabajo lo desarrollamos atendiendo al momento del grupo. Así, podemos hacer una ronda inicial para que cada uno comente cómo se siente y qué le preocupa, podemos intercalar comentarios teóricos sobre los cuentos o sobre la técnica psicoterapéutica utilizada o algún otro trabajo según lo consideremos necesario. Lo más frecuente es que ya tengamos conocimiento de los participantes y estos ya estén acostumbrados al tipo de trabajo que hacemos en Gestalt. 

Las razones para incluir en este libro los cuentos que siguen son varias. En primer lugar, han sido repetidamente escogidos y son conocidos por casi todos los posibles lectores. Aun así, haremos un resumen del argumento de cada cuento para poder entender mejor el trabajo. Es decir, hemos prescindido de juicios o valoraciones. No los hemos escogido nosotras, los han escogido nuestros alumnos y alumnas. En segundo lugar, han sido contados muchas veces con lo que podemos analizar con mayor variedad cada cuento y ver cómo hay muy distintas maneras de vivirse como Cenicienta o como Pulgarcito. También incluimos algún trabajo con una película reciente para poder mostrar que la forma de trabajo es la misma. Es esperable que, a medida que pasa el tiempo, los cuentos aquí incluidos serán sustituidos por otros que vayan incorporándose a las lecturas de los niños y a la cultura común (así como al inconsciente colectivo). 


Incluimos aquí un esquema que nos ha hecho nuestro amigo Ramón, en que trata nuestras dinámicas como representaciones actorales.

A medida que vayamos desarrollando en diferentes entradas al blog este libro, el esquema se entenderá cada vez mejor.

HANSEL Y GRETEL




Hansel y Gretel. 


Nurieta González Sebastiá

Dibujos: Ramón Gutiérrez Arroba

En este cuento se habla de una familia muy pobre que se encuentra en la situación de dar de comer a los hijos y no tener con qué. Los hijos son dos niños que dan título al cuento. Los padres deciden, a propuesta de la madre, llevar a los niños al bosque y abandonarlos para no morir todos de hambre. Traman encender una hoguera una vez allí, dar a los niños un trozo de pan y dejarlos a su suerte. Los niños oyen esos planes mientras los padres lo hablan y Hansel decide coger guijarros para ir tirándolos mientras les llevan al bosque y encontrar así el camino de vuelta. Consiguen volver con esa argucia a la casa. La siguiente vez que los padres quieren dejarlos en el bosque, Hansel tira migas de pan para señalar el camino de vuelta y ya no pueden regresar porque los pajarillos se han comido el pan.  

Es el primer cuento que estamos incluyendo y vamos a ir explicando los pasos. A medida que avancemos en este libro, este trabajo puede irse simplificando porque los lectores ya estarán entendiendo lo que hacemos. Estamos entusiasmadas con este trabajo y querríamos que vosotros (lectores) pudierais sentir algo de lo que sucede en esas escenas que vamos a ir relatando.  

Estábamos con Hansel y Gretel y habíamos hablado de la primera parte de la historia. Los niños oyen el cuento y no suelen cuestionar la conducta de los padres. Encuentran lógica esa conducta. Tal como está expuesta, el niño interioriza que tendrá que salir antes o después del hogar. Puede que vuelva a la casa en el primer intento pero, finalmente, será expulsado de ese lugar en el que se experimentó la seguridad. Desde la mirada adulta se ha cuestionado, a veces, la crueldad del cuento. Los padres del relato conspiran cuando creen que los niños duermen para echarlos de la casa y evitar el hambre. Pero lo que al niño le aterra es precisamente eso, salir fuera de la seguridad del hogar. El niño quiere ser mayor, quiere crecer, pero no se plantea salir del hogar. Los cuentos se lo dicen con frecuencia: tendrás que irte. Y de forma simple, que es como los niños lo entienden. Esa crueldad que vemos como adultos es la misma forma simple en la que ellos expresan los sentimientos. Por ejemplo: “Yo no voy a casarme nunca”, decía un niño cuando caía en la cuenta de que un familiar que se casaba no volvía a la casa familiar el día de la boda. Los niños dicen cosas así, por ejemplo ¿por qué no regalamos la hermanita?. Echar a la hermanita de la casa no es para el niño una crueldad porque la crueldad es cosa de los adultos que tienen la capacidad desarrollada de contener sus instintos agresivos sin actuarlos. Los papás que en un momento dado están cansados del llanto de un bebé no hacen planes para desprenderse de él pero el hermano un poco mayor sí los hace. Queremos decir, aunque sea sabido, que los papás y las mamás en algún momento de cansancio, de desánimo, de saturación, desearían que no estuviera el bebé y tienen sentimientos hostiles hacia él pero, si son medianamente sanos, no van a actuar esos deseos. Hasta aquí el análisis de la crueldad del cuento de Hansel y Gretel. 

Tal y como explicábamos antes, cuando un participante en un grupo de trabajo narra este cuento, se le pide que lo cuente en primera persona y en presente. En Hansel y Gretel el participante, alumno o paciente se identifica con Hansel o con Gretel. Primera proyección: Soy Hansel y ayudo a mi hermana Gretel. O soy Gretel y mi hermano me ayuda. En el cuento cualquiera de los dos puede ser el salvador de la situación ya que, si bien al principio es Hansel quien intenta volver a la casa llevando de la mano a su hermanita, en la segunda parte del cuento es Gretel quien salva a su hermano. Es importante internarse en el cuento con los matices de voz que correspondan. Suele ser fácil porque los cuentos han sido dichos por los adultos a los niños con grandes inflexiones de voz, subrayando partes…etc.

En Gestalt, en el trabajo con los sueños, que es una de sus herramientas más conocidas, se considera que todas las partes del sueño, sus elementos, su guion, sus personajes…etc. son proyecciones del soñante. Por eso, se induce un trabajo de recuperación de la proyección, haciendo que el participante de un taller que cuenta su sueño, vaya convirtiéndose en los diferentes elementos del mismo, empezando por los escenarios (por ejemplo: sé esa casa, dime cómo eres) y terminando en las personas que intervienen en el sueño. También se inducen diálogos entre las diferentes partes del sueño (diálogo entre dos estancias de una casa, diálogo entre dos personajes…). Pues bien, el proceso de trabajo con los cuentos es muy similar. Lo primero que se pide es que el alumno se identifique con el personaje central (por ejemplo: Soy Hansel y estoy en…) y deje que las palabras acudan a su boca recreando el cuento. Es necesaria la espontaneidad, nos ajustamos al guion de forma libre y conservando en lo posible el original. Lo reinterpretamos, lo actualizamos y lo actuamos, abriendo un escenario de posibilidades que nos conducen a la expresión de todo tipo de necesidades, pensamientos, sentimientos o creencias que comienzan con pequeños esbozos hasta crear una historia en la que cada uno puede reconocerse.  

A veces, podemos animar al participante a que escenifique lo que va sucediendo. No sólo con la voz, así, puede ser que el alumno se levante y camine por la sala como si estuviera en el lugar imaginario de su cuento. Le podemos decir: Haz de Hansel, ve haciendo los gestos del cuento, escoge a una Gretel entre tus compañeros y sigue contándonos lo que sucede. Además, decimos a los demás que pueden intervenir de acuerdo a lo que les va surgiendo. Por ejemplo, si “Gretel” decide saltar alegremente y decir: “Ay! Sí, Hansel llévame de la mano y enséñame el camino a nuestra casa”, no sólo el participante que está trabajando directamente el cuento tiene oportunidad de tomar conciencia de aspectos suyos al escenificarlo sino que otros participantes encuentran la posibilidad de explorar zonas propias. Frente a un Hansel más seguro, Gretel podrá explorar su pasividad. Mientras que en el encuentro con un Hansel que resulta ser el ideal de ese participante, pero un ideal que no se actualiza en su vida, es decir un Hansel pasivo, puede darse el caso de una Gretel frustrada y enfadada. O de una Gretel que, a diferencia del inicio del cuento, toma la iniciativa y conduce a Hansel a nuevos escenarios, ofreciendo estrategias para salir de la situación y trasnformar con sus ideas y conductas una situación angustiosa en una más liviana, encontrando recursos para superar esa fase. 

Vamos a explicar un poco más lo anterior. En el cuento Hansel toma de la mano a su hermanita para volver a casa y ella se deja ayudar. Pero si el alumno que está en el papel de Hansel casi no toma iniciativas, el que está haciendo de Gretel (sí, habéis oído bien: los personajes son encarnados por participantes femeninos o masculinos sin ceñirse a la historia original) puede responder airadamente y reprochar a Hansel: “siempre haces lo mismo, haces como que me salvas y luego me dejas hacer”. A raíz de esa escena podemos actuar de muchas formas. En unos casos seguimos la improvisación dramática que ha surgido porque vemos que se están activando emociones importantes en los “actores”. O les pedimos que vuelvan al original: “Hansel, no estás siguiendo la historia, no estás llevando a tu hermanita a casa, ¿qué te pasa? ¿cómo te estás sintiendo?”. La experiencia en dirigir este tipo de talleres y nuestro conocimiento de los alumnos y de la personalidad en general, nos llevarán por un camino u otro. 

Hemos abierto varias posibilidades (y son situaciones que se dan en el trabajo con cuentos) y apenas hemos empezado el cuento. Como apuntábamos antes, una posibilidad es que el participante que escogió Hansel y Gretel como su cuento favorito de la infancia, haya incorporado ese personaje en su identidad, en sus conductas, en los roles que ha ido desempeñando y esté encantado de coger de la mano a su hermanita y conducirla de vuelta a casa. Podría ser un Hansel que superara, evitara o negara su miedo e inseguridades ayudando. O que negara el peligro. “Ya verás, Gretel, yo te traeré de vuelta a casa, no pasa nada”.  

O podría ser un Hansel que el niño no alcanzó a incorporar, un ideal de conducta no conseguida. Al trabajar con este cuento este Hansel se sentirá fatal cuando Gretel tome la iniciativa. La diferencia entre lo representado en el espacio terapéutico y el cuento original podría significar, por ejemplo, la quiebra narcisista de ese participante. Así, si es Gretel quien coge las piedrecitas para señalar el camino, Hansel puede sentirse poco valorado, puede entristecerse, enfadarse...En nuestra experiencia en ese caso, esas personas que tienen un déficit narcisista como consecuencia de la enorme distancia entre la imagen que tienen de sí y la imagen ideal (en este trabajo el personaje central: Hansel puede ser esa imagen ideal de sí), van a tener tendencia a fantasear, a seguir como aquel niño que se imaginaba como Hansel. Mientras que si esos mismos niños van superando ansiedades propias del crecimiento, como la ansiedad fundamental de separación, llega un momento en que no necesitan seguir oyendo o leyendo ese cuento. Deja de interesarles. Saben que se las van a arreglar, que van a superar esa fase, esa situación en su momento infranqueable. 

Una alumna, en el papel de Gretel, habla de que su madre se quedó embarazada a los dieciséis años y ella siempre cuidó de su hermano. Encontrar una misión, un sentido a la carencia del cuidado de los padres puede ser canalizado en el cuidado de un ser más desvalido que uno mismo. Y éste es otro aprendizaje que algún alumno extrajo del cuento para su vida. Y es, además, la razón por la que algunas personas encuentran en su colaboración desinteresada a una ONG, en la atención a personas dependientes o a niños, el bálsamo para sus heridas interiores de abandono y soledad. Son personas que brindan un estupendo servicio a la sociedad al mismo tiempo que se reparan a sí mismas por dentro. Nos hemos encontrado muchas veces con esta doble visión del guion del cuento: es una escenificación de los conflictos infantiles y, al mismo tiempo, trabajar con esas escenas que provocan que estos conflictos salgan a la luz, puede inducir también la construcción de un sentido: El sentido del trabajo o de la vocación o de un aspecto de la personalidad que pasa a ser integrado voluntariamente ahora. “Ah! Yo cuidaba de mi hermano, por eso me gusta cuidar, soy feliz haciéndolo”. 

Pero sigamos adelante con este cuento. La segunda vez que los padres urden una estrategia para abandonarlos, los niños no encuentran el camino de vuelta a casa y, siguiendo a un pájaro de cantar muy dulce (estos detalles varían mucho en el recuerdo de cada uno sin que signifique grandes cambios en el cuento), encuentran una casita dulce que se puede comer. No solo encuentran un lugar donde protegerse sino donde comer sin parar, empacharse de dulce. El dulce que está racionado o casi desconocido en su hogar. El dulce, por contraste, abundante en los hogares actuales, disponible en las tiendas de chuches, en el colegio, en los cumpleaños...el festín del no parar de comer (no parar de incorporar lo de fuera), la voracidad, la oralidad como la llamamos los psicólogos (que hace referencia a la primera etapa de nuestras vidas cuando chupábamos).  

Perls (1947) hablaba muy a menudo de la “introyección” (modo de incorporar al interior personas, objetos, mandatos morales sin masticarlos, sin examinarlos antes, sin comprenderlos, sin saber si son buenos o no para un crecimiento sano) como de una adaptación al ambiente dañina para el organismo que se encuentra con cuerpos extraños dentro sin digerir. A Perls le gustaba poner el ejemplo de chupar, morder y masticar como ejemplos sucesivos de introyección total, introyección parcial y asimilación.  

Este cuento es elegido algunas veces por los niños y adultos glotones. Personas que saborean la vida constantemente, en las que hay ansia de engullir las experiencias, las terapias, los talleres, las comidas, sin cansarse nunca. La metáfora de la casita de chocolate, como también se llama al cuento, es estupenda para describir su enorme glotonería y oralidad. Además, el chocolate no es un ejemplo de dificultad en la masticación, no necesita un laborioso proceso para ser tragado. Puede ser engullido sin parar. El adulto que ha conseguido (quien lo consigue) una capacidad de asimilación según lo llamaba Perls, puede masticar, discriminar qué y cuánto quiere incorporar del exterior pero el niño no puede. Ante una casita de chocolate el niño no va a parar de comer. Es una de los muchos contenidos del cuento. Venciendo activamente las dificultades aprendemos a discriminar lo que nos conviene y lo que no. Y, a veces, se nos presentan las situaciones de un modo aparentemente dulce y apetitoso y no nos tomamos el tiempo de averiguar si nos convienen o no.  


Hansel y Gretel empiezan a comer hasta que aparece la anciana aparentemente bondadosa que les invita a pasar al interior. Una pantalla excelente de proyección para los Hansel y Gretel que hemos dejado en el grupo de trabajo. ¿Qué van a hacer? ¿Confiarán inmediatamente en la anciana? El niño que lee este pasaje del cuento sufre con el protagonista porque se ha confiado sin garantías en quien le ofrece comida inmediata. Siente que él haría lo mismo. El cuento enseña una amarga realidad: a veces, lo que es tan atractivo esconde un peligro. En la vida hay personas y situaciones que van a engañarnos con un ofrecimiento de algo mejor y continuo, de una forma seductora, con promesas. Tras la bondadosa anciana se esconde una bruja.  

Al encontrarse con la anciana, nuestro Hansel alumno escoge a otro participante como la anciana bruja. Otro alumno o alumna que va a recibir esa primera información ¿Cómo me siento cuando me identifican con ese ser mentiroso y malévolo? ¿me divierte y no me produce conflicto? ¿Me produce placer imaginar que voy a engañar a esos niños para comérmelos después? Hay ocasiones en que alguno de estos “secundarios” de nuestra representación descubren asombrados cómo se sienten llenos de energía y pasión representando un personaje que no habían imaginado que les haría sentir eso. Y otros, se sienten enojados o asustados ante la imagen que en ese momento les devuelve el grupo. “¿Por qué tengo yo que ser la bruja?” A veces con la defensa racionalizadora incorporada: “en realidad, ya sabía que me ibas a elegir como bruja”. Es el caso de algún alumno que, frente al desasosiego de la elección de su compañero, se reafirma mediante el control: Ese “ya sabía yo que me ibas a elegir como bruja” funciona como amortiguador de saberse elegido o elegida como bruja.

Como la inmediatez de la proyección es muy importante, es frecuente que la persona que se ve invitada al guion de otro participante como bruja o como cualquier otro personaje, se vea de repente en un enredo que tiene que ver con sus asuntos más que su propio cuento. Ella o él podían haber elegido una historia diferente pero al convertirse, ahora repentinamente, en la bruja de Hansel y Gretel, empiezan a hablar: “Voy a comerme a estos niños...ja ja, los voy a hacer sufrir, los voy a cebar y cuando estén gorditos me los comeré” y tienen un darse cuenta, un insight repentino: “sí, puedo disfrutar haciendo daño”. 

Precisamente una parte de nuestro trabajo, la que hacemos al final del taller es representar el personaje opuesto al protagonista. En este caso sería la bruja de Hansel y Gretel. Se tratará de incorporar en la dramatización toda la energía que está retenida en la negación de las características que solemos atribuir a una bruja y que solemos rechazar y reprimir.  

Como vemos nuestro espacio grupal contiene ahora mucho movimiento. Personajes principales y secundarios están dando vida al cuento que eligió un participante y lo que está sucediendo es de una intensidad extraordinaria. Muchos de ellos están sintiendo mediante la dramatización aspectos profundos de su personalidad. No están en ese momento reflexionando sobre ello (lo harán más adelante) sino que lo están llevando a la acción (en lenguaje psicológico: lo están actuando) para después elaborar sobre ello. Ésta es la consigna: actuar sin pensar, dejarse llevar por el personaje que llevamos dentro. Esto es muy representativo de la Psicoterapia Gestalt, es lo que hace que alguien familiarizado con la Gestalt identifique al entrar a ese grupo, que ahí se está trabajando desde la Gestalt. Sucede algo, se provoca una escena y después se elabora lo sucedido y se engarza en el resto de experiencias de la persona. Puede desprenderse de este trabajo un material tremendamente valioso para posteriores sesiones de terapia grupal o individual. Y puede quedar rotulada esa experiencia, de tal modo que, a veces, ese alumno o paciente hable de “su bruja” o “ahora estoy siendo bruja”.

Ese trabajo posterior de elaboración puede ser hecho de distintas formas. Lo más habitual es que nada más terminar, los demás comenten abiertamente lo que les ha parecido y lo que han sentido y puedan ofrecer  feed back al que ha trabajado su cuento.

Una secuencia de trabajo habitual puede ser:

1.      Recibir inmediato fead bak de los participantes y de las terapeutas y comentar todo lo que surge en ese momento
2.      Escribir (ahora ya todo el grupo) acerca de lo que han vivido y buscar una o dos personas dentro del grupo con quien compartir los descubrimientos.
3.       Anotar los sueños posteriores y trabajar también con ellos…etc. 

Volvamos a nuestro cuento. La bruja ha conseguido su objetivo que es el de atraer a los niños con dulces manjares para después cocinarlos y comérselos. ¿Podemos imaginar algo más cruel? Estamos hablando de cuentos infantiles, de historias que han tenido durante muchos años la boca abierta de nuestros niños, interesadísimos a la vez que aterrados por esta bruja. Y de madres o lectores que han contado estas historias encontrando placer en hacerlo. Lo habitual es que, además, hayan dramatizado la lectura. No se suele decir con tono neutro: ahora me los voy a comer, repitiendo las palabras de la bruja. La lectura será pausada y contundente, ampliada con gestos en los que los niños entienden la emoción que contiene el cuento y, al mismo tiempo, están a resguardo en la compañía de esa mamá o ese cuidador que les cuenta una y otra vez la historia. Y una historia de la que conocen el final feliz. El niño sabe que los protagonistas se salvan al final. 

Ésta es otra de las funciones del cuento. Aprender a vivir con intensas emociones sin que nos tambaleen demasiado. El niño pide una y otra vez el cuento y cada vez siente miedo o se emociona imaginando la desgracia de los protagonistas. Pero está protegido por el adulto que se lo cuenta. Está aprendiendo a “contener” dentro esas emociones, a hacer un sitio, un lugar interior que tiene que crecer y crecer al mismo tiempo que crece su cuerpo, un lugar donde sentir el propio apoyo. 

Si volvemos a nuestra sala de terapia veremos a nuestra “bruja” diciendo esas palabras que con toda seguridad no le van a dejar indiferente. ¿Qué elaborará después? Ahora en el cuento cambian las tornas. La bruja encierra a Hansel y emplea a su servicio a Gretel que, en el cuento, es quien finalmente engaña a la bruja y la echa al fuego salvándose y salvando al hermanito de ser comido. 

Una Gretel dice: “Uf! Es lo mismo que me ha pasado con mi hermano, él estaba peor que yo pero yo no podía protegerlo de la bruja” (una mujer de la familia). “Yo me alié con la bruja, no podía hacer otra cosa”...y lo dice con lágrimas de reconocimiento de la situación y de culpa. Ella ha escogido este cuento porque Gretel era su ideal, lo que ella sentía que debía haber sido: la salvadora de su hermano. Volver a la situación original y, con la ayuda de la terapeuta, entender que no era posible nada más, que sólo era una niña y poder localizar dentro de sí ese sentimiento de ser mala por haberse aliado con la bruja fue un trabajo estupendo con este cuento para esa paciente. Igualmente lo fue entender el porqué de aliarse “con los malos”. 

Otra Gretel puede estar muy orgullosa de su papel salvador y repetir eso muchas veces en su vida. Va salvando hermanitos en su trabajo o en sus parejas…. 

Un participante de este taller se identifica con el Hansel que lleva a su hermanita de la mano y en su narración “olvida” que, al final, es ella quien lo salva. Estas versiones distintas del cuento original son muy interesantes porque el psiquismo ha hecho un esfuerzo doble. Hansel alumno se encuentra con la confrontación del grupo: “pero si fue Gretel quien te salvó” (y no hay que olvidar que quien le dice eso ya sabe algunas cosas sobre el alumno Hansel y no le pasa desapercibida esa omisión). El niño se identificó con el protagonista, gozaba de oír contar el cuento. Y después tiene que hacer una negación para seguir siendo el héroe. Ese aspecto “olvidado” es posiblemente un “hueco” en la personalidad. Cuando los demás le dicen: pero si fue Gretel quien te salvó, el participante puede quedarse perplejo. ¿Por qué habría de afectarle el mal recuerdo de un cuento de su infancia si eso no tuviera un significado profundo? A partir de esa perplejidad, de esa manera distinta de poder contarse las cosas, puede empezar a construir otra narrativa y puede llegar a entender que esa pareja a la que cree haber ayudado tanto, le ataque por no reconocerle en su profesión y en sus logros. Nos hemos encontrado, a veces, con que se plantea ¿quién ayuda a quién?

Y todas estas cosas surgen de forma espontánea en el trabajo. Surgen del participante que ha salido a trabajar su cuento preferido de la infancia y de todos los demás que en unos casos escuchan y movilizan sus guiones internos y, en otros, son directamente invitados a participar en esos papeles secundarios que permiten proyecciones con frecuencia más profundas que en el cuento propio, porque no hay preparación para el papel. Como decíamos, el que ha elegido Hansel de algún modo tiene una escena, un guion, algo que quiere decir con su cuento. En cambio, cuando alguien es elegido como bruja, como Gretel, como padre o como madre, no ha podido prepararse mentalmente y se encuentra inmediatamente sumergido en el personaje. 

Hemos tratado con Hansel y Gretel extensamente para familiarizar al lector con el trabajo que realizamos. Proseguimos... 




La Cenicicenta

LA CENICIENTA 
 

Nurieta González Sebastiá

Dibujos: Ramón Gutiérrez Arroba


He aquí un cuento que va a estar presente en todos los trabajos en taller intensivo sobre cuentos. Y del que tenemos, por tanto, muchas versiones, variadas identificaciones. 

Un hombre rico tenía una mujer que estaba enferma y que murió encomendando a su hija que fuera buena y piadosa. El padre se casó de nuevo con otra mujer que trajo consigo dos hijas muy guapas, de rostros maravillosos pero con corazones feos y llenos de maldad. Fue el comienzo de la desdicha de la protagonista. Ésta tuvo que empezar a trabajar duro en la casa, acarrear agua, cocinar, lavar, aguantar las burlas de sus hermanastras... Como dormía al lado del fuego estaba cubierta de ceniza y por eso le llamaban “La Cenicienta”. Cenicienta lloraba y lloraba sobre la tumba de su madre añorando el cariño y el afecto que había recibido en un tiempo anterior. 

No tenemos más remedio que interrumpir el relato para señalar que ese modo de sentirse en el mundo, maltratado, injustamente valorado, añorando un pasado en que todo el afecto estaba disponible va a conmover profundamente a muchos niños y a los adultos con los que trabajamos el cuento. Cuando un adulto relata este cuento, la emoción le transporta inmediatamente a ese mundo primario infantil en el que sentía, “he perdido el afecto”, “me tratan peor que a mis hermanos o hermanas”, “mi padre es bueno pero mi madre no me quiere...” 

Ya tenemos una identificación muy posible de todo el que ha elegido Cenicienta como su cuento favorito. Y tenemos ejemplos de que no es una identificación sólo para niñas, el niño que lee Cenicienta no se identifica con el príncipe, lo hace con Cenicienta o se desinteresa del cuento. Los trabajos que hemos realizado han mostrado todo ese sufrimiento que sale de nuevo a la superficie: “me querían menos que a mis hermanos o hermanas. Me trataban peor”. Y todos los celos, los deseos y fantasías de que esa situación se diera la vuelta, además de la rabia aparejada, de la envidia. Una alumna dramatiza escenas de la Cenicienta, eligiendo para ello a dos compañeras como hermanastras. Éstas le dicen que tiene que limpiar, que les planche sus vestidos. Y, a pesar de estar hablando desde un personaje imaginario como es la Cenicienta, nuestra alumna se bloquea, no sabe contestar, dice que se siente sometida y que es un sentimiento muy antiguo. Dice otra participante: “érase una vez yo, que fantaseo a menudo con ser feliz”. Se trata de una persona que se refugia en la fantasía frente a las dificultades. Alguien que tiene como guion de vida la pasividad y la espera de que de forma mágica aparezcan las soluciones. Al trabajar este cuento es más consciente, dolorosamente consciente de su pasividad. Otra, por el contrario, habla de un aspecto de la Cenicienta: la esperanza. Ella siempre esperó que su situación cambiara y lo consiguió. Una persona capaz de vivir situaciones difíciles e injustas, resistente, perseverante en conseguir sus fines. Alguien que dice haber encontrado, además, a su “príncipe”. Porque este aspecto se nos suele olvidar respecto a las protagonistas de los cuentos. Muchas veces los cuentos transmiten esperanza y sus personajes son fuertes y pacientes ante la adversidad. 

Seguimos con el cuento: Sucedió entonces que el rey organizó una fiesta de tres días para que su hijo pudiese escoger esposa. Y al gran baile estaban invitadas todas las doncellas del reino. Las dos hermanastras se volvieron locas de alegría y dieron instrucciones a Cenicienta para que limpiara sus zapatos y preparara sus atuendos para el gran día, dando por supuesto que a esa fiesta podían acudir ellas y de ninguna manera nuestra pobre Cenicienta. Cenicienta rogó y rogó a la madrastra que le dejase ir a la fiesta y ésta le propuso como condición que realizase tareas imposibles que ella llevó a cabo ayudada por los animalitos del bosque. Argumento éste muy utilizado en los cuentos de hadas y que consiste en que labores aparentemente imposibles son realizadas por el protagonista que se ha ganado el afecto de los pequeños animalitos, de los seres sin importancia, de los pajaritos, de figuras que resultan familiares y cercanas a los niños… El héroe tiene sus amigos entre los pequeños y humildes y eso es un mensaje con un contenido afectivo para el niño: Con frecuencia se pueden encontrar los grandes afectos y las compañías seguras en los “pequeños”, en los que no tienen una gran apariencia de poder. Aun así, a pesar de realizar todas las tareas encomendadas, la madrastra no deja a Cenicienta acudir al baile, le asegura que todo el mundo se reiría de ella, que no tiene vestidos. A partir de ahí, los participantes cuentan distintas versiones. En unas, un hada hace aparecer una hermosa carroza, viste a Cenicienta con lujosos vestidos y zapatos y le hace prometer que estará en la fiesta sólo hasta las doce de la noche porque inmediatamente después todo el encantamiento desaparecerá. En otras, Cenicienta consigue sus vestidos y zapatos pidiéndoselo a un pajarillo que está en un avellano que ella misma ha plantado en la tumba de su madre y que ha regado con sus lágrimas. En todo caso, va a la fiesta, maravilla a todos con su belleza y la belleza de sus imponentes vestidos y joyas y a medianoche desaparece corriendo y vuelve a tumbarse al lado de la chimenea llena de ceniza. Su aparición en la fiesta deslumbra al príncipe que sólo quiere bailar y bailar con ella. El príncipe se enamora de Cenicienta. En su huida precipitada de medianoche, la protagonista pierde un zapato. Y el príncipe recorre su reino, casa por casa, probando el zapato para poder reconocer a su acompañante en la fiesta. Todos conocemos el final: el príncipe encuentra a Cenicienta y se casa con ella. 

Podemos imaginar la esperanza que infunde en el niño o la niña que lee este cuento y se siente desgraciado, más feo y peor tratado que otros. Imaginarse como el protagonista de una fiesta en un palacio...cuántos guiones psicológicos pueden nacer de esta identificación. Y estos guiones pueden estar basados en la esperanza y llevar a la persona a seguir luchando y no desfallecer o, por el contrario, sumirla en una pasividad en la que continuamente fantasea con una vida mejor. “Si me tocara la lotería...”, “si tuviera una pareja…”, como el equivalente del hada del cuento.

Aunque la versión casi siempre trabajada es la del hada y la carroza, es muy emotiva la versión del regalo del arbolito regado con las lágrimas de Cenicienta. Su sufrimiento no ha sido en vano y, precisamente de sus lágrimas y del recuerdo y lealtad a su madre, va a renacer.  

Esta parte del cuento nos va a enseñar muchos modos de vivir de esa Cenicienta que se encuentran dentro de la participante que puede estar muy alejada en su vida de esos sentimientos, ocultos bajo capas y capas de negación, de roles nuevos, de esfuerzo. Así, algunas y algunos Cenicientos, cuando trabajan el cuento, disfrutan muchísimo de sus galas y de su éxito cuando acuden a la fiesta, seducen y/o se dejan seducir...otros tienen grandes dificultades para aceptar vivir y disfrutar de esta parte del relato. Quedaron atrapados en el sufrimiento y en la vivencia de la injusticia. A menudo aparece la convicción de que debajo de los preciosos vestidos, debajo de la propia apariencia hay algo feo y vergonzoso que ocultar. Y ésta es una temática también habitual del cuento. 

Nos hemos encontrado, en ocasiones, con que la persona tiene la sensación de que todo se va a desvanecer y de que no se merecen las cosas buenas. Algo que tiene su correspondencia con el hecho de que a las doce de la noche todo lo concedido por el hada desaparece. Y es lo que les sucede a esas personas que, como decíamos antes, viven en el mundo de la fantasía. Al no tener conciencia de conseguir las cosas con esfuerzo propio sino por hechos fortuitos (por encantamientos de hadas), tienen también la profunda convicción de que todo lo conseguido puede desaparecer. La vida de la fantasía puede producir satisfacciones que no se encuentran en la vida real pero en un continuo sentimiento melancólico porque no hay conciencia del trabajo por conseguirlas (aún en el caso de que sí haya ese trabajo). Así, estas personas pueden haber trabajado intensamente, haber estudiado para ejercer una profesión, haber superado obstáculos pero, como sienten que lo que tienen se debe al azar, están continuamente adelantándose a su pérdida. Igualmente pueden sentir que debajo de sus ropas maravillosas están los andrajos de Cenicienta. Que lo que no se ve de ellos pero los demás pueden adivinar es vergonzante. 

Veamos: tenemos los celos, la envidia, el sufrimiento por ser injustamente tratados, la esperanza de que eso cambie, la vivencia de disfrute cuando cambia la situación o la vivencia de que debajo de lo que se presenta al mundo hay algo realmente vergonzoso... ¿alguien da más? ¿Se puede con un trabajo explorar en un intenso encuentro con un personaje, dentro de un grupo terapéutico, sentimientos más profundos? Por eso, sucede con frecuencia que el participante volverá durante años a aquel momento cuando se dio el instante mágico de encarnar a ese héroe de la infancia. El trabajo realizado en el taller va a ser revisitado en reflexiones posteriores dentro o fuera de un proceso terapéutico. Por ejemplo, alguien puede referirse a “mis andrajos de Cenicienta” cada vez que explora situaciones, sentimientos de los que se avergüenza.

Este cuento tiene también mensajes de valores que algunas participantes recogen. Así: “si soy buena seré recompensada”. O: “Hay que cuidarse de las mujeres que son envidiosas”. O también: “Si aguanto esta situación pasivamente algún día esto dará la vuelta”, lo que da lugar a fantasías de venganza. En un grupo de trabajo el cuento fue trabajado por tres participantes diferentes. En una de ellas los mensajes eran los expuestos más arriba. En otro trabajo (con un hombre) esta historia era el reflejo de una infancia de abandono y pérdida. Y en un tercer caso la Cenicienta era totalmente distinta a la del cuento. Cuando aparecía el Príncipe para probar el zapatito a las hermanastras, esta participante las apartaba a empujones y decía que el zapato y el príncipe eran de ella. Guion del cuento totalmente apartado del original y del habitualmente trabajado y que reflejaba la resiliencia de esa mujer. Alguien que, desde una infancia extremadamente dura, había construido un presente con un “príncipe”, su pareja, y se había hecho un hueco profesional y personal en la vida. Su guion de vida resultaba ser el guion de su cuento de Cenicienta.

 Este concepto de guion de vida como trasposición del guion del cuento se encuentra en no pocos alumnos. Cuando lo descubren es importantísimo. En el caso de nuestra Cenicienta resiliente (concepto de resiliencia como de permanecer firme ante la adversidad. Está tomado de la física y hace referencia al material que no se deja deformar por la presión exterior), su guion de vida le llevaba a pelear y pelear frente a adversarios externos que podrían impedir que lleve a cabo sus metas y sueños. En esa pelea puede llegar a imaginar hermanastras u otros personajes porque su fuerza (su resiliencia) nació en la pelea por sobrevivir a situaciones tremendamente traumáticas. Es decir, haber tenido esos enemigos reales o “hermanastras” que conspiraban contra el bienestar de la persona o haber sentido que eso era sí, puede llevar incluso a una defensa paranoide, a la sospecha continuada de las intenciones de los demás. 


El cuento, como vemos, puede tener muchos mensajes implícitos. No obliga a ninguna conducta, no propone un tipo de valores. Es una historia sumamente atractiva en la que cada uno puede ver reflejados sus conflictos. Y esto a una edad en que eso no es pensado ni elaborado. El niño o la niña saben que les gusta esa historia en concreto y pide que se la lean una y otra vez, siempre la misma. Hasta que, pasado un tiempo, deja de interesarle. El problema interno, la situación vital cambia y ya no es necesario ese cuento. 


En el final de La Cenicienta, como en muchos otros cuentos, las hermanastras, las malas del cuento, encuentran su castigo. Dos palomas les sacan los ojos. No siempre recuerdan los participantes este final. Sin embargo, al niño o a la niña le interesa mucho que el malo sea castigado y no sufre nada con su caída. Años después aparece un recubrimiento moral que no permite alegrarse del mal ajeno, ni siquiera de quien nos ha hecho daño y las versiones adultas con frecuencia “olvidan” este final. Cuando sabemos de acciones crueles en nuestro entorno o, a través de los medios de comunicación, en entornos más alejados, sentimos potentes deseos de venganza. Sin embargo, refrenamos estos deseos y proponemos que los responsables de esas crueldades sean juzgados con todas las garantías. Los niños no. Los niños necesitan que los malos sufran todo lo posible porque ellos no estaban en condiciones de controlar el dolor de sus heridas.

Hacíamos referencia con anterioridad al que vamos a llamar personaje “polar”, ese lobo, esa bruja...en el caso que nos ocupa bien puede ser la madrastra o las hermanastras. Sin embargo, lo que interesa es el personaje que representa todo un campo de experiencias por explorar del paciente. Así, a la Cenicienta de la que hablábamos, a la Cenicienta resiliente, le propusimos ser una princesa. La encarnación de la Cenicienta con sus mejores galas en el baile. Una princesa elegante y sofisticada en lo posible. No una Cenicienta que empuja a codazos a las hermanastras para conseguir a su príncipe y tampoco una madrastra cruel. Sabemos que ser la dulce y glamurosa princesa le costó mucho. Ese era el campo de experiencias por descubrir para ella. 

TRABAJO CON VELI, ALUMNA QUE CONTÓ LA CENICIENTA

“Soy una niña triste y me humillo haciendo lo que quieren mis hermanastras y madrastra. Había un baile en palacio y mis hermanastras iban a asistir. A mí me mandaron a la cocina, yo no podía ir a la fiesta y, además, no tenía vestidos bonitos. Pero vino un Hada Madrina y me vistió con ropas lujosas y zapatos de cristal. Me dio una carroza para ir hasta el palacio pero con el mandato de volver antes de las doce de la noche porque a esa hora desaparecería el encantamiento. Me lo pasé bien en el baile, bailé todo el tiempo con el príncipe y salí muy deprisa antes de las doce. Perdí un zapato en la huida. Yo no tengo derecho a vivir con un príncipe, mis hermanas no me dejarían, pero el príncipe decide salir a mi encuentro porque era la dueña del zapato y me encuentra.”
“Esto es algo central en mi vida, siempre espero que pase algo que me salve, pero no me comprometo nunca a dar pasos…”
Veli había comentado al grupo, justo antes de empezar el trabajo, en la “ronda” de inicio del taller que le costaba mostrarse. Es una alumna que participa poco y de la que destaca precisamente ese aspecto pasivo de su Cenicienta, esperar que alguien la salve.